Como
quien colecciona herrumbradas monedas o estampillas, yo colecciono y antologo
textos amados, que quieren hacerle un "buen primor" (como diría la
abuela amada), a las líneas más atesoradas de la literatura; en éste caso la
ficción de Borges ,"El Inmortal", de su libro "El Aleph",
la cual conforma ,como consecuente
extensión de su título, uno de los textos
más inconmensurables de la tradición literaria de cualquiera de nuestros
momentos estéticos, en el ya vasto
ejercicio de las letras.
Ana María Rivera
Fragmentos del Inmortal
En
Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus,
de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor
(1715–1720) de la Ilíada de Pope.
……………………………………………………………………
En el
último tomo de la Ilíada halló este manuscrito.
El
original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que
ofrecemos es literal.
[...]
Me
dijo que su patria era una montaña que está al otro lado del Ganges y que en
esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se acaba
cl mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad.
[...]
Procedí
rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar
la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte.
[...]
Otro,
me levanté y pude mendigar o robar –yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de
una de las legiones de Roma– mi primera detestada ración de carne de serpiente.
La
codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba
dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al
principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi
inquietud, como podrían contagiarse los perros.
[...]
Cautelosamente
al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por
escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran
inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo
comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de
los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los
dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses
que lo edificaron estaban locos.
[...]
Un
laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura,
pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que
imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor
sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una
celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la
balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro
monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros, en
la tiniebla superior de las cúpulas.
[...]
Esta
Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en
el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún
modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser
valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un
cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y
odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes
aproximativas.
[...]
La
humildad y miseria del troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos,
el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté
de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la
obstinación fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía
percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como
si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge
de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día
hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito.
Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan
para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el
silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes.
Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras
percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y
construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él,
sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un
mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que
ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables
epítetos.
[...]
Entonces,
con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace
mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después,
también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.
Fácilmente
aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué
sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la
pregunta.
Muy
poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años
desde que la inventé.
[...]
Aquella
fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una
etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el
pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y
fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.
[...]
Ser
inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran
la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.
[...]
Sabía
que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus
pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también
a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los
juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así
también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico
poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por
una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo
invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes
obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera
resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son
justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales.
Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas
circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la
Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como
Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo,
lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.
[...]
El
concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente
en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He
mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un
hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo
abrasaba la sed; antes que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años.
[...]
Cuando
se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No
es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron
con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo
he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré
muerto.
Jorge Luis Borges. Antología de Fragmentos de "El Inmortal".
Leer texto completo en http://museodelaeterna7.blogspot.com/p/seleccion-obra-de-borges.html
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