21 agosto, 2016

"La muerte y la brújula" : [La primera letra del Nombre ha sido articulada]

Jorge Luis Borges en el blog "Borges en el Museo de la Novela de la Eterna"


[24/24 Borges. Día 20. Agosto mes de Borges]


Como todos los hombres Erik Lönnrot no logra impedir el último crimen,
el que señala su destino de perseguido, 
el detective cazado por el asesino que erige un laberinto con los materiales del enigma:
“un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII,
una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería”.

En el sur donde suceden todas las cosas en el universo borgeano,
le espera la quinta de Triste -le- Roy
donde no habrá más letras del Nombre para ser articuladas,
y donde los lectores seguimos urdiendo nuestra trama
como detectives de una divinidad de la cual no sabemos
ni sus aficiones literarias, ni sus preferencias geométricas.


Ana María Rivera



La muerte y la brújula

A Mandie Molina Vedia


De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

—No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?
—Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.
Treviranus repuso con mal humor:

—No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido.
—No tan desconocido —corrigió Lönnrot —. Aquí están sus obras completas—. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicación de la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literal del Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta de los Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

—Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías.
—Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró Lönnrot.
—Como el cristanismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido.
Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa

La primera letra del Nombre ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto.


De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim.
El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.
Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un armario, un libro en latín —el Philologus hebraeograecus(1739), de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:

—¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?
Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir —agregó—, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer.
El otro ensayó una ironía.
—¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?
—No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó “las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos”; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, “aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio”; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran “los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio también... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:
—Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos.

—Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?
—Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.
—Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.
Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

—Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.
Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.
—Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?
Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio.
—No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho.Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar... A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el nombre de Dios, JHVH— consta de cuatroletras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.

—En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante.
Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.


Jorge Luis Borges

De su libro Artificios, 1944. Incluido en Ficciones, 1944.
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Al Hexágono Natal de Borges. Tributo

Al Hexágono Natal de Borges. Tributo

Al Hexágono Natal de Borges. Tributo

Al Hexágono Natal de Borges

Tributo


[…] (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche

fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara,

la noche en que por fin escuchó su nombre.

Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho,

un instante de esa noche, un acto de esa noche,

porque los actos son nuestro símbolo).

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo

momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. […]


Jorge Luis Borges.

De su texto “Tadeo Isidoro Cruz” del libro “El Aleph”


En mi destino Borges, vine a Buenos Aires, tras el minucioso indicio de el Hacedor, que se hizo refutador y vindicador del Tiempo; un señor del siglo XIX, que desde siempre entendió que los idiomas que recrean el universo en español y en inglés, son solo dos maneras de entablar una larga conversación por separado, con sus mayores.

Que admiraba en Wilde y en Hawthorne, una cierta y desalmada caridad literaria de prodigar argumentos e historias; a sus amigos el primero, a desconocidos el segundo; sin explicitar que otro tanto hacia él a lo largo de sus infinitos subdivisibles textos, ordenados en algorítmicas alusiones de perplejidad y asombro.

Fue Borges, un procedimiento mismo de generosidad literaria, que incluyó entre muchos, a ese otro redactor, Herbert Quain, para instarnos a cotejar el proceso de la historia ,advirtiendo un pasado que se trifurca, en multiplicidad de versiones, y en cuyas progresivas escenas preliminares, descubriríamos acaso, habernos pasado el universo entero, reproduciendo , no más que cinco o seis metáforas [ojos-estrellas, rio-tiempo, flor –mujer, atardecer – vejez, sueño-muerte] y dos historias , una que apenas alcanza los dos milenios, y otra , que no zozobra en la odisea de los tiempos, la de Nadie, que siempre está llegando.

Así, este Herbert Quain, quizá el legítimo autor de las “Ruinas Circulares” de Borges, viene a conmocionarnos con algo que siempre debimos saber, pero que el entronizamiento del ejercicio en solitario con la palabra, ha venido distrayendo, y esto es según Quain, que la buena literatura es un acontecimiento de lo más frecuente y que en cualquier diálogo doméstico se solaza; dicho en sus palabras que parecen un axioma “apenas hay diálogo callejero que no lo logre”.

Un señor argentino con bastón y metáforas, que aunque fuera en la mítica noche bonaerense el que “contara las sílabas”, sumó tantos versos, como generaciones de lunas tributadas, mediante una alta “vigilia humana”, esa que nos ha preservado, como la especie de la memoria, al concebir desde el inicio de los tiempos, y de manera especular, la empresa desmesurada y no finita, de “cifrar el universo en un libro”; el inconmensurable Libro de Arena, el cual no me quiero figurar, espantando en el sótano de la calle México, -como otro nene fantasma-; sino en las manos del “imperfecto bibliotecario: el hombre”.

Porque el libro que cambió Borges, por “el monto de su jubilación y por una de sus Biblias, en letras góticas”, sabemos que fue, “el libro de libros”, “el catálogo de catálogos”, el mismo Libro de Arena , que otros llamaron universo, y otros más, Biblioteca; y en cuyas “ilimitadas” y tal vez “periódicas” galerías simétricas, el imperfecto Bibliotecario gravita, en una suerte aritmética, de Hexágono Natal , del que esencialmente nunca parte, al cuidado de alguna porción de anaqueles y libros en humana consignación. Y es desde allí, desde su “Hexágono Carmesí”, desde donde el “Hombre del Libro”, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, transcribe esa interminable conversación con sus mayores, y alcanza la transmutación de sus desdichas, las suyas y las del otro - las de los otros-, prescribiendo a través de sus ensayos y versos, la fecha de caducidad a la condena libresca, de la estirpe sudamericana en centenaria soledad.

Y reconfigurando a cambio, el mapa de la literatura en castellano, vuelto ahora cartografía y territorio de América; y haciéndonos entender que nuestros destinos por humildes que parezcan, entretejen “el preciso lugar en la trama del universo”, donde somos “figura y símbolo de un poema” como el destino del leopardo en el terceto de Dante, y Dante en la línea de Eliot oo de Kafka; y no menos prodigioso aún, nos convoca a un destino común, donde releer a partir de la circunstancia personal y hedónica, esas nuevas cronologías, asociaciones, correlaciones y analogías, que permiten, en la práctica, emparentar literaturas distantes en el tiempo, o recontextualizar cierta vertiente temática, y alguna vez, por ejemplo, visibilizar a Kafka como precursor de Zenón de Elea, Kierkegaard o Lord Dunsany.

Pues hasta eso nos ha dejado el Poeta, la gratuidad de celebrar justos anacronismos, como éste, de que cada escritor, en suma, cada lector [que para Borges era cada ser humano] “crea sus precursores”, y por extensión sus predecesoras escenas; equivale a decir:, que en el legítimo derecho de recrear la existencia, de indagar y tejer nuestra historiografía, zurcida con los fragmentos de una mitología personal, todos como imperfectos bibliotecarios, traducimos laboriosamente, reescribiendo el futuro presente, desde el populoso ángulo del Hexágono natal.


Ana María Rivera.

Buenos Aires, Agosto de 2013.

Este texto hace parte del libro en construcción

“Destino Borges”, libro de viaje, en busca del Poeta.

http://museodelaeterna7.blogspot.com/2013/08/al-hexagono-natal-de-borges-celebrando.html

Mi Entrañable Señor Borges

Mi Entrañable Señor Borges

Mi Entrañable Señor Borges

A la manera de Centón, o parafraseo de la obra del autor Argentino Jorge Luis Borges, y de su texto, “Otro Poema de los Dones”, he querido simular este escrito, ahora que el mismo Borges, vindica la condición del lector, y la elevaba a la condición del poeta, considerando la circunstancia del ser del poeta, como trivial y fortuita.

Así, a su memoria, a veintisiete años de su partida, el 14 de Junio de 1986 y; de estar más vivo que nunca.


Mi Entrañable Señor Borges

Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas que forman éste singular universo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, unánime jardín de senderos que se bifurcan:

Por su Libro que es de arena, y sigue siendo Zahir, como la moneda, el astrolabio, la brújula, la veta de mármol.

Por el asombro donde otros dicen sólo costumbre y el callejero no hacer nada.

Por el leopardo, la tortuga, Argos, el tigre, la sierva blanca.

Por el universo que ejecuta esa serie infinita de actos concretos, antes que suene el presuroso timbre.

Por configurar el paraíso en forma de una biblioteca, la de Babel.

Por el sueño de Cervantes; el de Las ruinas circulares; de Shakespeare; de Coleridge; de Pedro Henríquez Ureña.

Por correlacionar el oriente y el occidente, que son en un día germano, la tierra de la mañana y la tierra de la tarde.

Por las Francés Haslam que piden perdón a sus hijos por morir tan despacio.

Por Bioy, Xul y Macedonio; Por el influjo de Chesterton.

Por la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras. Buscar un alma que mereciera participar en el universo. La historia de unas cuantas metáforas es quizá la historia universal..

Por el Idioma de los Argentinos, en el que metaforizamos casi instintivamente, queriendo no ser menos que el mundo, queriendo ser tan desmesurados como él.

Por la valerosa ignorancia del leopardo que inspira al Poeta, versos que tienen su preciso lugar en la trama del universo.

Por el verbo sagrado de Ireneo Funes.

Por Julio Platero Haedo, David Jerusalem, Pierre Menard, Herbert Quain, Hladik, Mir Bahadur Alí, Runeberg y; los Carlos Argentino Daneri, a su pesar.

Por el Elogio de la sombra y el yo plural, del otro Borges, el mismo, Joyce, Groussac, Mármol, Miltón, Demócrito, y Homero.

Por los Yahoos, que no admiten una causa tan lejana y tan inverosímil.

Por los versos que son revelación en la hora en que el sueño pertinaz de la vida corre peligro de quebranto.

Por la empresa atroz de Ts'ui Pên.

Por los arquetipos y esplendores: su centro, su álgebra, su clave, su espejo.

Porque, no le prodigaron en vano el océano, ni el sol de Whitman y; porque no gastó en vano los años, ni lo gastaron y; porque como Whitman y Francisco de Asís, escribió el Poema.

Por haber sido en la vana noche el que cuenta las sílabas.

Por el Oxímoron: Distraídos en razonar la inmortalidad. Imperiosa agonía. Melancólica vanidad .Vago horror sagrado.

Por Las Seis y una noches o, Las Seis noches y una noche.

Por ser el “Hacedor Inmortal, Vindicador Fervoroso, Ficcionador, Discutidor, El otro, el mismo: Fundador mítico de Buenos Aires”

Por el incesante y vasto universo que se apartaba de Beatriz, en ese vacuo primer cambio de una serie infinita.

Por la voz de padre, que llueve desde el pasado.

Por contemplar esa condición fortuita del ser del lector que puede devenir en el ser del poeta.

Por la fresca ancianidad, el joven amor de madre, las compartidas claridades y sombras.

Por haber convertido el ultraje de los días en una música, un rumor y un símbolo.

Porque sin “ímpetu de alas”, se salvó el poema: no cayó como otros de su sangre, en la batalla.

Por la mudable Luna y el maleficio de cuantos ejercemos el oficio de cambiar en palabras nuestra vida.

[Por el favorable azar que me depara un porvenir en el que usted ha llegado, y al atravesar el jardín no me ha encontrado muerta]

Porque en la última fecha abstracta, buscó el lenguaje de la divinidad; y su enunciación y su entonación y su sintaxis tuvieron nombre castellano.

Por los que a la manera de Hermann Soergel y Daniel Thorpe, han recibido en su momento, y en voz alta, la Memoria de Borges.

Mi Entrañable Señor Borges:

¿Qué Dios, perdido en el incesante futuro, aún lo sueña, con integridad minuciosa y lo impone a la realidad?

Eso pienso mientras digo de memoria sus versos.

Ana María Rivera

http://museodelaeterna7.blogspot.com/2011/06/mi-entranable-senor-borges.html

"Hexágono Natal" Antología Poética

Prefacio a "Hexágono Natal" Antología Poética

“[…] Cuando la vida nos asombra con inmerecidas penas

o con inmerecidas venturas,

metaforizamos casi instintivamente

queremos no ser menos que el mundo

Queremos ser tan desmesurados como él”

Jorge Luis Borges

De su libro “El Idioma de los Argentinos”

Esa respuesta connatural de metaforización instintiva, de los seres humanos, frente a los sucesos que orbitan o desorbitan la vida doméstica, como exacerbados diálogos con los que el sujeto, se equipara con el universo, prorrumpiendo a través de temporales enunciaciones, el exceso de eso otro y de sí.

La hoy reconvenida metáfora, símbolo fundacional de la cultura, que ha fundamentado los registros, los inventarios, los listados, las enumeraciones, los catálogos, los provisionales ordenamientos; donde el pensamiento analógico, que deviene de la intuición, según el sistematizador griego, o de esa otra lógica capaz de correlacionar indefinida y progresivamente esa infinitud de “cosas disímiles”, que conforman el universo, o que ya son el universo.

Es el ser que acontece en los causes no liquidados del lenguaje, ese que reconfigura la temporalidad a través de lo que se le presenta como sucesivo, y le conmina a actualizar su consonancia, a deliberarse entre la aparatosa articulación de un enunciado, mediante el cual traducir el asombro; resignificar esa exacta conmoción que siempre estará cifrada, si lo sabremos ya, en esa humana forma de procesar contingencias, de urdir contrapesos a la realidad que subyuga , y seguir consecuentemente gravitando. Así la metáfora, el oxímoron y cuanta otra variedad de abstracciones y construcciones mentales, consolidan o compensan los universos, mediante la unión, la extrapolación, o la compresencia de los contrarios; sustratos estos, con los que intenta asir, interpretar y desmesurar eso otro, que es de suyo intolerable, distando siempre de lo que fragmenta, de lo que quiere nominar a través de consabidas obstrucciones, inflexiones y no renuentes sonidos.

Aquellas impresiones que le han sido dadas vislumbrar y traducir desde su observatorio, visionario panóptico; numeroso lugar del Hexágono Natal; ese que circunscribe y alínea el número de silla y la letra de fila convenida, como palcos o plateas desde donde ver y hacer la representación, instados todos a transcribir lo que solo veremos comedidamente detrás de los ojos, en procura de reconfigurar las porciones aisladas del “ilimitado y periódico” universo, que confluye no sin misterio en esas, nuestras retinas tan fatigadas; "millones de actos deleitables y atroces", advertidos detrás de la "esfera tornasolada", la de "casi intolerable fulgor”,“ microcosmo de alquimistas y cabalistas”, desde donde el Poeta, "el bibliotecario imperfecto, el hombre", tras una visión simultánea, deviene en sucesivo traductor, en amanuense.

Por eso la condición del Poeta, es la condición de todos, seres que habiendo recibido en consignación algunos libros, no declinan sus días, ensayando alguna buena glosa que relea y reescriba -aunque avasallada por los provisionales esquemas- nuevas y estremecedoras postulaciones de la realidad; ediciones y reediciones a las cuales desea aplicarse, en el ensueño de una indagación más ecuánime, sopesando como en el verso de Hölderlin, "ese número cerrado, santo que salga puro de nuestra boca", en la menos cómoda de las formas: la primera persona, esa voz genuina que quiere y sabe decir algo fundacional, revelador o apacible, que colme esta acrecentada incertidumbre.

El Taller de Escritura Poética con Énfasis en Borges, instala hoy estas páginas que como los fragmentos que Shelley supo ver como fragmentos de "un solo poema infinito erigido por todos los poetas del orbe", cuya unidad a través de tantos disimiles libros, bien podría ser obra de "un solo caballero omnisciente", según Emerson y Valery y Borges, quienes entendieron que "la historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la historia del Espíritu como productor y consumidor de literatura”.

Así, cada vez que el Espíritu habla a través de nuevos amanuenses, la "realidad de manera inconcebible copia a la literatura", y a renglón seguido un primer lector otorga a un segundo lector , la Memoria de Shakespeare, de Netzahualcóyotl, Huidobro, Vallejo; la atesorada memoria nuestra, la de Romero, Arciniegas, Gutiérrez; o la Memoria que recién acontece, la de este día: la de Sierra, Gómez, Abello ,Vanegas o Tovar.

La misma memoria de Jorge Luis Borges, "quien sabiendo decir asombro, donde otros decían solamente costumbre", sigue irrumpiendo en voz alta, a través de su libro siempre abierto:

“La memoria ya ha entrado en su conciencia, pero hay que descubrirla. Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos. El azar puede favorecerlo o demorarlo, según su misterioso modo. A medida que yo vaya olvidando, usted recordará. No le prometo un plazo”.



Ana María Rivera Salazar

Directora

Taller de Escritura Poética con Énfasis en Jorge Luis Borges.

Premio Estímulos 2013 a Nuevos Formadores de Escritores Ibaguereños.
Secretaría de Cultura, Comercio y Turismo.

Para leer páginas interiores:

http://museodelaeterna7.blogspot.com/2014/10/prefacio-de-hexagono-natal-por-ana.html

Macedonio Fernández

Macedonio Fernández
"Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura..." J. L. Borges

"Museo de la Novela de la Eterna"


"[...]Novela cuyas incoherencias del relato están zurcidas con cortes transversales que muestran lo que a cada instante hacen todos los personajes [...]"

"[...]Novela en que todo se sabe o al menos se ha averiguado mucho, para que ningún personaje tenga que mostrar a la vista del público que no sabe lo que le sucede o lo mantiene a aquel en la ignorancia por falta de confianza[...]"


AL LECTOR SALTEADO


"Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un lucimiento que no sienta a la edad.

Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido.

Quise distraerte no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, habilmente truncos son los que más quedan en la memoria.

Te dedico mi novela, Lector Salteado, me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario el lector seguido tendrá la sensación, de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta".

Macedonio Fernández

"Tantalia el mundo es de inspiración Tantálica"


Primer momento: El cuidador de una plantita.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Ocurre que pocos días después de esta meditación y proyectos en suspenso, Ella, sin sospechar tales cavilaciones pero movida por una aprensión vaga del empobrecimiento afectivo en él, le envía por regalo una plantita de trébol.

Él resuelve adoptarla para iniciar el procedimiento entrevisto. La cuida con entusiasmo durante un tiempo y cada vez más se percata de la infinidad de atenciones y protecciones, expuestas a un descuido fatal, exigidas para la seguridad de la vida por un ser tan débil, al que un gato, una helada, un golpe, sed, calor, viento, amenazan. Se siente intimidado por la posibilidad de verla morirse un día por mínimo descuido; pero no es sólo el temor de perderla para su cariño, sino que conversando con Ella, cavilosos como todos los que están en la pasión, y más cuando en esa pasión uno decae, llegan a la obsesión de que exista algún nexo de destinos entre el vivir de la plantita y su vivir o el de su amor. Fue Ella la que un día vino a decirle que ese trébol fuera el símbolo del vivir del amor.

Empiezan a temer que la plantita muera y muera así, uno u otro, y lo que es más: el amor, única muerte que hay. Se ven sucesivamente, meditando en coloquios, creciendo el pavor a que se ven sujetos. Deciden entonces anular la identidad reconocible de esta plantita para que, eludiendo el mal presagio de matarla, nada haya identificable en el mundo a cuyo existir esté supeditada la vida y amor de ellos; y al par así, sitúanse en la asegurada ignorancia de no saber nunca si aquel existir vegetal que tan singularmente se había hecho parte en las vicisitudes de una pasión humana, se muere o vive. Resuelven, entonces, de noche, en un paraje no reconocible para ellos, perderla en un vasto trebolar.


Segundo momento: Identidad de una mata de trébol.


Pero la excitación que iba creciendo desde algún tiempo en Él, y el desencanto de ambos por haber tenido que renunciar a la comenzada tentativa de reeducación de su sensibilidad y al hábito y cariño de cuidar a la plantita que alboreaba en Él, se traduce en un acto oculto que realiza al retorno de esa labor de olvidación en las sombras. En el trayecto, sin que lo advirtiera de fijo pero con algún pulso de zozobra en Ella, sin embargo, Él se inclinó y cogió otra mata de trébol.

—¿Qué hacés?

—Nada.

Ambos se separaron al amanecer, quedando en Ella algo de sobresalto, en ambos el alivio de no reconocerse ya dependientes del vivir simbólico de esa plantita, y en ambos también la pavura que nos viene de todas las situaciones de lo irreparable, cuando acabamos de crear un imposible cualquiera, como en este caso el imposible de saber jamás si vivía y cuál era la plantita que fuera al principio obsequio de amor.


Tercer momento: El torturador de un trébol.


“Por múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas…

“Esta plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas; ¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Si su Inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible es la del Todo; la particular de que el que ha sentido una vez cese de sentir, quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción verbal, una concepción imposible.

“Elegida entre millares, te tocó a ti serlo, serlo para el Dolor. Aún no; ¡desde mañana seré contigo un artista en Dolor!

“Durante tres días, sesenta, setenta horas el viento del verano estuvo constante oscilando dentro de un corto ángulo, fue y volvió de un acento y de una dirección a una pequeña variante de acento y dirección; y la puerta de mi habitación retenida en su batir entre el quicio y una silla que puse para acortar su oscilar, batía sin cesar, y el postigo de mi ventana golpeaba también sin cesar sometido al viento. Sesenta, setenta horas la hoja de la puerta y el postigo cediendo minuto a minuto a su distinta presión, y yo al par, sentado o columpiándome en la silla de hamaca.

“Parece entonces que yo me dije: esto es la Eternidad. Parece que fue por esto que veía yo, por esa formulación de hastío, de no sentido de las cosas, de no finalidad, de todo es lo mismo, dolor, placer, crueldad, bondad, que hubo nacido el pensamiento de hacerme el torturador de una plantita.

“Ensayaré —me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta plantita. Esta es la pobrecita elegida entre miles para soportar mi ingenio y empeño torturador. Ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol tuve que renunciar al intento y desterrarlo de mí bajo sentencia de irreconocibilidad, el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad transporté al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en el malquerer, y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicidio del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde. ¡Al fin y al cabo, el Cosmos también me ha creado a mí!

“Yo niego la Muerte, no hay la Muerte aún como ocultación de un ser para otro, cuando para ellos hubo el todo amor; y no la niego solamente como muerte para sí mismo. Si no hay la muerte de quien sintió una vez, ¿por qué no ha de haber el dejar de ser total, aniquilamiento del Todo? Tú sí eres posible, Cesación eterna. En ti nos guareceríamos todos los que no creemos en la muerte y no estamos tampoco conformes con el ser, con la vida. Y creo que el Deseo puede llegar a obrar directamente, sin mediación de nuestro cuerpo, sobre el Cosmos, que la Fe puede mover montañas; creo yo aunque nadie otro creyera.

“No puedo reavivar el lacerante recuerdo de la vida de dolor que sistematicé, ingeniándome cada día en nuevos modos crueles para hacerla padecer sin matarla.

“Como por sobre ascuas tendrá que decir que la colocaba todos los días próxima e intocada de los rayos del sol y tenía la prolijidad de crueldad de alejarla con el avanzar de la mancha del sol. Apenas la regaba para que no muriera y en cambio la rodeaba de recipientes de agua y había inventado fieles rumores de lluvia y lloviznas vecinas que no llegaban a refrescarla. Tentar y no dar… El mundo es una mesa tendida de la Tentación con infinitos embarazos interpuestos y no menor variedad de estorbos que de cosas brindadas. El mundo es de inspiración tantálica: despliegue de un inmenso hacerse desear que se llama Cosmos, o mejor: la Tentación. Todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre le es brindado y negado. Yo también pensé: tienta y niega. Mi consigna interior, mi tantalismo, era buscar las exquisitas condiciones máximas de sufrimiento sin tocar a la vida, procurando al contrario la vida más plena, la sensibilidad más viva y excitada para el padecer. Y logré que en esto el dolor de privación tantálica la estremeciera. Mas no podía mirarla ni tocarla; me vencía de repulsión mi propia obra; (cuando la arranqué, en aquella noche tan negra a mi espíritu, no miré hacia donde estaba y su contacto me fue por demás odioso). El rumor de lluvia sin alcanzarle su húmedo frescor hacíala retorcerse. ¡Vergüenza!

“¡Elegida entre millones para un destino de martirio! ¡Elegida! ¡Pobrecita! ¡Oh!, tu Dolor ha de saltar el mundo. Cuando te arranqué ya estabas elegida por mi ansia de atormentar.”


Cuarto momento: El amigo.


Vemos a su amigo Luis entrar a su habitación; y en el centro de ésta detenerse, pálido y hurgando todo en torno con la mirada, agitado.

—Venía a sacarte de aquí para distracción. Pero me he sentido aquí amenazado con un sufrir súbito. ¿Es que aumenta tu malestar?

Él, sentado como pasaba las horas espiando a la plantita reseca y helada entre él y la ventana, separada de la lluvia y del rayo de sol que unos días u otros podían regarla o calentarla, contestó:

—Como siempre.

Agitándose, Luis gritó:

—¿Pero quién sufre aquí? ¡Qué destrozarse, qué agonizar! Me voy a respirar.

Él, avergonzado, rojo de rubor, quedó retorciéndose. Exclamaba, mirando por donde partía Luis: Feliz de él, feliz, feliz.


Quinto momento: Nuevo sonreír.


La fórmula radical, íntima, de lo que él estaba haciendo miserablemente, era la ambición y ansiedad de lograr el reemplazo por la Nada de la Totalidad, de todo lo que hay, lo que hubo, lo que es, de toda la Realidad material y espiritual. Creía que el Cosmos, lo Real, no podría soportar mucho tiempo, avergonzándose de albergar en su ámbito una escena tal de tortura ejercida sobre un primer eslabón de lo viviente más frágil, por el mayor poder y dotación de lo viviente. ¡El hombre tiranizando un trébol! ¡Era para eso que había advenido el Hombre!

La irritación de lo rehusado después de ofrecido enloquece de perversidad a un hombre de máximo pensamiento. De ahí el martirio cobarde, el repugnante complacimiento del mayor poder en una alevosía a un mínimo existir.

Su pensamiento sabía la igual posibilidad de la Nada y el Ser, y creía inteligible y posible una sustitución del Todo-Ser por la Todo-Nada. Él, como el máximo de la Conciencia de Vida, como hombre y hombre excepcional en dotes, era quien podría en un refinamiento último de pensamiento haber hallado el resorte, el talismán que podría determinar la opción del Ser por la Nada; opción o reemplazo o “empujamiento afuera” del Ser por la Nada. Porque verdaderamente, dígaseme si no es así, si no es cierto que no hay elemento alguno mental que pueda decidir que la Nada o el Ser difieran en su posibilidad de darse en grado alguno; si no es totalmente posible que se diera la Nada en lugar del Ser. Esto es cierto, evidente, porque el mundo es o no es, pero si es, es causalístico, y así su cesación, su no ser es causable, aunque el resorte buscado no determinara la cesación del Ser, quizá otro la determinaría… Si el darse el Mundo o la Nada son de absoluta igual posibilidad, en este equilibrio o balanza de Ser y Nada, una brizna, una gota de rocío, un suspiro, un deseo, una idea, pueden tener eficacia para precipitar la alternativa de un Mundo de Ser a un Mundo de No-Ser.

Vendría un día el Salvador-de-Ser…

(Yo lo digo comentando, teorizando lo que él hizo, pero no soy Él)

Pero Ella vino un día:

—Dime, ¿qué hiciste aquella noche, porque yo sentí el opaco rumor de un desenraizar de matita, el sonido de la tierra que apaga el arrancar de una tierna raíz ¿Eso es lo que yo oí?

¡Y entonces: Él se sintió de nuevo en su natural después de una larga peregrinación tras de respuesta, y se echó a llorar en brazos de Ella y la amó de nuevo, inmensamente, como antes! Era un llanto que hacía diez o doce años no lograba derramarse, que hinchaba su corazón, que había querido hacer estallar el mundo, y al serle recordado el gritito, el murmullo abismante del dolorcillo vegetal, de pequeña raíz arrancada, ¡fue eso! lo que necesitó su naturaleza para que el llanto, desbordándose, lavara su ser todo y lo volviera a los días de su plenitud de amor… Un gritito sofocado de raíz doliente entre la tierra, así como pudo decidir hacia el No-Ser toda la Realidad, pudo entonces cambiar toda la vida de Él.

Yo lo creo. Y lo que cree todo el mundo es mucho más de lo que nuestro creer en esto —¿quién se mide en el creer?—; no me digáis, pues, absurdo temerario en el creer. Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender del marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida ponerlo en agua en el vaso que ella le regaló otrora. Toda madre cree que el hijo que parte con su “bendición” ya protegido de males. Toda mujer cree que lo que reza con fervor puede sobre los destinos. Todo-es-posible es mi creencia. Así, pues.

Yo lo creo.

No me engaña el verbiario hinchado del plácido ideario de muchos metafísicos, con sus juicios fundados en juicios. Un Hecho, un hecho que enloquezca de humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre, por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación, meramente concebido por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia el No-Ser todo lo que es.

Concebido está; luego la Cesación está potencialmente causada; podemos esperarla. Pero la milagrosa re-creación de amor concebida al par por el autor, batallará quizá con aquélla o triunfará más tarde después de realizado el No-Ser. En verdad el continuo psicológico conciencial es una serie de cesaciones y re-creaciones más que un continuo.

Los he visto amarse otra vez; pero no puedo mirarlo a él o escucharlo sin súbito horror. Ojalá nunca me hubiera hecho su terrible confesión.

Macedonio Fernández.

Video Poema "El Sueño de Pedro Henríquez Ureña"

Video Poema  "El Sueño de Pedro Henríquez  Ureña"
(Haz Click Aquí) "El Sueño de Pedro Henríquez Ureña" de Jorge Luis Borges, del libro “El Hacedor”. En la memoria y la voz colombiana de Ana María Rivera, y la música para clarinete, piano, y pantágora, de Alejandro Díaz-Lamprea. Video que conforma el Recital Poético “El Aleph” en gira internacional. Cámara y Edición de Audio: Alejandro Díaz-Lamprea. Edición y Dirección :Ana María Rivera

"El oro de los Tigres"

"El oro de los Tigres"
Dibujo de Georgie [Así le decían al niño Borges en casa]

Hasta la hora del ocaso amarillo

cuántas veces habré mirado

al poderoso tigre de Bengala

ir y venir por el predestinado camino

detrás de los barrotes de hierro,

sin sospechar que eran su cárcel.

Después vendrían otros tigres,

el tigre de fuego de Blake;

después vendrían otros oros,

el metal amoroso que era Zeus,

el anillo que cada nueve noches

engendra nueve anillos y éstos, nueve,

y no hay un fin.

Con los años fueron dejándome

los otros hermosos colores

y ahora sólo me quedan

la vaga luz, la inextricable sombra

y el oro del principio.

Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores

del mito y de la épica,

oh un oro más precioso, tu cabello

que ansían estas manos.

Jorge Luis Borges. De su libro homónimo.

Video Poema "Delia Elena San Marco"

Video Poema "Delia Elena San Marco"
En la memoria y la voz colombiana de Ana María Rivera, y la música para clarinete, piano, y pantágora, de Alejandro Díaz-Lamprea. "Delia Elena San Marco" del libro "El Hacedor" de Jorge Luis Borges, video que conforma el Recital Poético “El Aleph” en gira internacional. Cámara y Edición de Audio: Alejandro Díaz-Lamprea. Edición y Dirección :Ana María Rivera

"El Oro de Los Tigres"

"El Oro de Los Tigres"
Programa del Recital "El Oro de los Tigres" 2008

Recital "Luna de Enfrente"

1.La Luna (De “La Moneda de Hierro”,1976) 2. Tú (De “El Oro de los Tigres”, 1972) 3. Fragmento de Las Ruinas Circulares (De “Ficciones”, 1944) 4. Al Hijo (De “El Otro El Mismo”, 1964) 5. Everything and Nothing (De “El Hacedor”, 1960) 6. Miguel de Cervantes (De “El Oro de los Tigres”, 1972) 8. Casi Juicio Final (Luna de Enfrente”,1925) 9. El Amenazado (De “El Oro de los Tigres”, 1972) 10. Fragmento de “El Inmortal”(De “El Aleph”. 1949) 11. Diálogo Sobre un Diálogo (De “El Hacedor”, 1960) 12. Delia Elena San Marco (De “El Hacedor”, 1960) 13. La Trama (De “El Hacedor”, 1960) 14. Ragnarök (De “El Hacedor”, 1960) 15. Fragmento de El Informe de Brodie (De “El Informe de Brodie”, 1970) 16. La Luna (De “El Hacedor”,1960) 17. Borges y yo (De “El Hacedor”,1960) 18.Una Oración (De “Elogio de la Sombra”,1969)

María Kodama por Alejandra Crespyn A.

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Entrevista a Ana María Rivera y Alejandro Díaz-Lamprea

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"Letras de Cambio" de Ana María Rivera

"Letras de Cambio" de Ana María Rivera
Clickea foto para leer Poemas de "Letras de Cambio": http://museodelaeterna7.blogspot.com/2014/03/poemas-de-letras-de-cambio.html

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz  (1829-1874)
“[…] Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por fin escuchó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre.[…] J. L. Borges de "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)" [Obra pictórica Jamie Baldridge]

De "Utopia de un hombre que está cansado"

De "Utopia de un hombre que está cansado"
"[...] -Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios[...]"

De "Papeles de Recien Venido"

De "Papeles de Recien Venido"
"[...] Lo que es difícil de retener es al lector: ¿por dónde andará ahora?. Uno al menos y sin pretensión necesito .Al principio lo había conseguido y no he sabido cuidarlo. Es inmodesto, y quizá le incomodará, haber topado con el único libro en que solamente el autor habla.[...]" . Macedonio Fernández

De "La Muerte y la Brújula"

De "La Muerte y la Brújula"
[...] Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.[...] J. L. Borges.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges
Jorge Luis Borges. Foto Intervención A. M. R.

De "Literaturas Germánicas Medievales"

De "Literaturas Germánicas Medievales"
"Maldon (...) guarda la memoria de una derrota. Se trata de un fragmento; los invasores daneses piden tributo a los sajones, estos responden que lo pagarán con sus viejas espadas. El combate se entabla; los ´lobos de la matanza´, los vikings, apremian a los sajones; el capitán sajón, herido de muerte, agradece a Dios con su último aliento todas las dichas que ha tenido en el mundo. Lo matan y uno de sus hombres, que es un anciano, dice: cuanto menor sea nuestra fuerza, mas animoso debe ser nuestro corazón. Aquí yace nuestro señor, hecho pedazos, el que mas valía, en el polvo. Quien quiera retirarse de este juego, se lamentará para siempre. Mis años ya son muchos, y me quedaré a descansar, junto a mi señor, a quien quiero tanto". Jorge Luis Borges de "Antiguas Literaturas Germánicas".

La Memoria de Shakespeare (Fragmentos)

[...]

Le ofrezco la memoria de Shakespeare desde los días más pueriles y antiguos hasta los del principio de abril de 1616.

[...]

No acerté a pronunciar una palabra. Fue como si me ofrecieran el mar.

[...]

Me quedé pensando. ¿No había consagrado yo mi vida, no menos incolora que extraña, a la busca de Shakespeare? ¿No era justo que al fin de la jornada diera con él?

[...]

-Acepto la memoria de Shakespeare.

Algo, sin duda, aconteció, pero no lo sentí.

Apenas un principio de fatiga, acaso imaginaria.

Recuerdo claramente que Thorpe me dijo:

-La memoria ya ha entrado en su conciencia, pero hay que descubrirla. Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos. El azar puede favorecerlo o demorarlo, según su misterioso modo. A medida que yo vaya olvidando, usted recordará. No le prometo un plazo.

[...]

Shakespeare sería mío, como nadie lo fue de nadie, ni en el amor, ni en la amistad, ni siquiera en el odio. De algún modo yo sería Shakespeare. No escribiría las tragedias ni los intrincados sonetos, pero recordaría el instante en que me fueron reveladas las brujas, que también son las parcas, y aquel otro en que me fueron dadas las vastas líneas:

And shake the yoke of inauspicious starsFrom this worldweary flesh.

Recordaría a Anne Hathaway como recuerdo a aquella mujer, ya madura, que me enseñó el amor en un departamento de Lübeck, hace ya tantos años.

[...]

Jorge Luis Borges.

(Ver texto completo en Páginas interiores)

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Sobre Borges Recitales

Taller de Escritura Poética con énfasis en Borges

Taller de Escritura Poética con énfasis en Borges
En la Biblioteca Darío Echandía del Banco de la República

Elevo Editores

Elevo Editores
Click en la foto para Elevar tus letras.

Concierto Centenario Borges 1999

Concierto Centenario Borges 1999
Inolvidable Concierto para Coro , Orquesta, Solistas y Narradora.Compuesto y Dirigido por el Maestro Cesar Augusto Zambrano R. Narración : Ana María Rivera.Obra Pictórica: Maestro Carlos Ennio Naranjo .Realizado en el Teatro Tolima,en el centenario del poeta.

Borges en Boca de Rivera

Borges en Boca de Rivera
Artículo de prensa escrito por el periodista Ricardo Torres para el semanario "Tolima 7 Días", con motivo de las primeras presentaciones de nuestros Recitales en tributo a J. L. Borges, por Buenos Aires.

Recital "El Oro de los Tigres"

1. A Leonor Acevedo de Borges. (Dedicatoria) 2. A Quien leyere. (Dedicatoria de "Fervor de Buenos Aires". 1923) 3. Inferno I, 32. (De "El Hacedor" 1960) 4. La cierva blanca. (De "La Rosa Profunda"1975) 5. Amorosa Anticipación. (De "Luna de Enfrente". 1925) 6. La Lluvia. (De "El Hacedor". 1960) 7. Mateo XXV, 30. (De "El Otro el Mismo". 1964) 8. Arte Poética. (De "El Hacedor", 1960 ) 9. Otro Poema de los Dones. (De "El otro el mismo", 1964) 10. Poema de los Dones. (De "El Hacedor", 1960) 11. Cuarteta. (De "Museo") 12. La Noche Cíclica. (De "El otro, el mismo", 1964) 13. El Golem. (De "El otro, el mismo". 1964) 14. Fragmento de "El Aleph". (De "El Aleph". 1949) 15. El Sueño de Pedro Henríquez Ureña. (De "El oro de los tigres" 1972). 16. A mi Padre. (De "La moneda de hierro" 1976) 17. La Espera. (De "La historia de la noche" 1977) 18. Límites. (De "El otro, el mismo" 1964) 19. Elogio de la sombra. (De "Elogio de la sombra". 1969 )

Video Poemas Borges Recitales [En la Voz Colombiana de Ana María Rivera Salazar]

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En "Oye Borges". El Blog

En "Oye Borges". El Blog
Video Poemas Borges de Memoria, promocionan el Recital Poético "El Aleph", en Gira Internacional 2012

"Letras de Cambio"

"Letras de Cambio"
Libro de poesía de Ana María Rivera

"Luna de Enfrente", El Recital,

“Luna de Enfrente”, es un Recital en tributo al escritor argentino Jorge Luis Borges , donde once de sus libros transcurren representados en dieciocho textos de su literatura, en prosa y en verso; los cuales durante 75 minutos de la escena fluyen en la voz colombiana de Ana María Rivera, y en la música de clarinete, piano y pantágora, compuesta e interpretada por Alejandro Díaz-Lamprea. El Recital quiere ser una invitación a la lectura y relectura de la obra del escritor, tanto como una exaltación de la simbología borgeana, de el sueño y el acto creador; la otredad: el otro, el mismo y su condición de nadie; el hacedor: el inmortal; la muerte y la memoria; todas estas metáforas bajo esa “mudable vida”, la de la luna,que de manera serena nos aguarda en el verso borgeano; así, esta antologación obedece a una devota lectora, que como decía Borges de Macedonio Fernández, “no ha leído mucho, pero lo poco que ha leído, lo ha leído mucho”, y dice con Borges desde su Luna de Enfrente :“Quién se atreverá a condenarme si esta gran luna de mi soledad me perdona”

Destino Borges

Destino Borges
Clickea y tu Destino será Borges."Destino Borges", blog de fragmentos amados y releídos en virtud de la imagen nueva. [Por el favorable azar que me depara un porvenir en el que usted ha llegado, y al atravesar el jardín no me ha encontrado muerta]

En Facetas: Relectura hecha Borges

En la Casa de Poesía Silva

En la Casa de Poesía Silva
El Recital "El Oro de los Tigres" , en 2008, en la Casa de Poesía Silva, en Bogotá.

Macedonio Fernández y Borges

"Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura..."

J. L. Borges

Xul Solar y Borges

Xul Solar y Borges
"Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías y astrólogo, perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época". Así se refiere Jorge Luis Borges, a su amigo Xul Solar. El genio de Xul no sólo se expresó mediante la pintura. Liberó también su pulsión inventiva a través de un panajedrez; una panlengua; una recreación del español, el neocriollismo; un tipo de teatro de títeres para adultos. El panajedrez, panjuego, o ajedrez criollo, se diferencia del ajedrez convencional por su cantidad de casillas. Posee 13 en lugar de las ochos habituales. La cantidad de piezas son 60, en lugar de 32, con 30 correspondientes a cada jugador. Las casillas se correlacionan con el tiempo...y las constelaciones y signos zodiacales. La partida se comenzaba fuera del tablero. La anotación de las jugadas puede generar palabras, motivos musicales y pictóricos. El juego así no sólo admite las combinaciones de movimientos sin fin. También permite estimular la creación musical y pictórica. Xul solar convirtió su existencia en irradiación creadora.

Taller de Escritura Poética con Enfasis en Borges

Taller de Escritura Poética con Enfasis en Borges
En el MAT, Museo de Arte del Tolima.

El Aleph (Fragmentos)

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible.

[…]

Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.

[…]

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema.

[…]

Este se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941, ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa
Sepan. A manderecha del poste rutinario
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta –¿Color? Blanquiceleste–

Que da al corral de ovejas catadura de osario.
Que da al corral de ovejas catadura de osario.

[…]

….iban a demoler su casa.

–¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! –repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz.

[…]

Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

[…]

–¿El Aleph? –repetí.
–Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema!

[…]

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña, de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

[…]

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

[…]

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

[…]

Fragmentos del cuento de Jorge Luis Borgs "El Aleph", de su libro homónimo.

(Leer texto completo en páginas interiores


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