30 abril, 2015

El Aleph [Hoy 30 de abril]


Jorge Luis Borges




Hoy 30 de abril,  Borges visita la casa de la calle Garay ,  como lo ha venido haciendo desde 1929; no para ver ya más a su Beatriz Elena Viterbo, perdida para siempre, en febrero de ese mismo año, sino para cenar con el padre de ésta y con su primo, el farragoso y petulante literato Carlos Argentino Daneri. Hoy 30 de abril de 1941, día del cumpleaños de Beatriz, será el último de los aniversarios“melancólicos y vanamente eróticos”, a los que Borges llegará pasadas las ocho de la noche, con alfajor santafecino y una botella de Coñac, para seguir perpetuando la memoria de Beatriz, sin “esperanza, pero también sin humillación”. Pues aunque el “incesante y vasto” universo se haya desenfundado procurando el olvido de Beatriz, con esa serie infinita de cambios vacuos, como el de la valla de cigarrillos rubios, en el momento mismo de su fallecimiento ; el universo cambiará, Borges con "melancólica vanidad”, no.

Hacia octubre, consecuente con el temerario propósito de su memoria, o quizá en razonable contrapeso a la colosal ausencia de Beatriz, recibirá “de manos” del odiado primo de la amada difunta, Argentino Daneri, la inconmensurable visión: "El Aleph", “lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”, a través del decimonono escalón del sótano de la casa, de la calle Garay, en Buenos Aires.

Ana María Rivera ©
                                                                                                         

  El Aleph

                                        

O God, I could be bounded in a nutshell
and count myself a King of infinite space.

Hamlet, II, 2
   
But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (ast the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hic-stans for an Infinite greatnesse of Place.

Leviathan, IV, 46.



La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.

Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas de Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."

El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.

-Lo evoco -dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las compuertas a la imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.

Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:

 He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
 los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
 no corrijo los hechos, no falseo los nombres,
 pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.

 -Estrofa a todas luces interesante -dictaminó-. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero -¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?- consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema1.

Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:

Sepan. A manderecha del poste rutinario
(viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
 Se aburre una osamenta -¿Color? Blanquiceleste-
Que da al corral de ovejas catadura de osario.

-Dos audacias -gritó con exultación-, rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito. Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.

Hacia la medianoche me despedí.

Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri -los propietarios de mi casa, recordarás- inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:

-Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.

Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar en el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.

Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves,  hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.

A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió -salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! -repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

-¿El Aleph? -repetí.

-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

-La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

-Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

-Una copita del seudo coñac -ordenó- y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:

-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.

-La almohada es humildosa -explicó-, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman -dijo una voz aborrecida y jovial-. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!

Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:

-Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

-¿Lo viste todo bien, en colores?

En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.

En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.


Posdata del primero de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura2. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.

Dos observaciones quiero agregar: una, sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece casual. Para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.

Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres -la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

A Estela Canto



1. Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira que fustigó con rigor a los malos poetas:

    Aqueste da al poema belicosa armadura
    De erudición; estotro le da pompas y galas.
    Ambos baten en vano las ridículas alas...
    ¡Olvidaron, cuidados, el factor HERMOSURA!

Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió (me dijo) de publicar sin miedo el poema.

2. "Recibí tu apenada congratulación", me escribió. "Bufas, mi lamentable amigo, de envidia, pero confesarás -¡aunque te ahogue!- que esta vez pude coronar mi bonete con la más roja de las plumas; mi turbante, con el más califa de los rubíes."


J. L. Borges 
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Al Hexágono Natal de Borges. Tributo

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Al Hexágono Natal de Borges

Tributo


[…] (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche

fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara,

la noche en que por fin escuchó su nombre.

Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho,

un instante de esa noche, un acto de esa noche,

porque los actos son nuestro símbolo).

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo

momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. […]


Jorge Luis Borges.

De su texto “Tadeo Isidoro Cruz” del libro “El Aleph”


En mi destino Borges, vine a Buenos Aires, tras el minucioso indicio de el Hacedor, que se hizo refutador y vindicador del Tiempo; un señor del siglo XIX, que desde siempre entendió que los idiomas que recrean el universo en español y en inglés, son solo dos maneras de entablar una larga conversación por separado, con sus mayores.

Que admiraba en Wilde y en Hawthorne, una cierta y desalmada caridad literaria de prodigar argumentos e historias; a sus amigos el primero, a desconocidos el segundo; sin explicitar que otro tanto hacia él a lo largo de sus infinitos subdivisibles textos, ordenados en algorítmicas alusiones de perplejidad y asombro.

Fue Borges, un procedimiento mismo de generosidad literaria, que incluyó entre muchos, a ese otro redactor, Herbert Quain, para instarnos a cotejar el proceso de la historia ,advirtiendo un pasado que se trifurca, en multiplicidad de versiones, y en cuyas progresivas escenas preliminares, descubriríamos acaso, habernos pasado el universo entero, reproduciendo , no más que cinco o seis metáforas [ojos-estrellas, rio-tiempo, flor –mujer, atardecer – vejez, sueño-muerte] y dos historias , una que apenas alcanza los dos milenios, y otra , que no zozobra en la odisea de los tiempos, la de Nadie, que siempre está llegando.

Así, este Herbert Quain, quizá el legítimo autor de las “Ruinas Circulares” de Borges, viene a conmocionarnos con algo que siempre debimos saber, pero que el entronizamiento del ejercicio en solitario con la palabra, ha venido distrayendo, y esto es según Quain, que la buena literatura es un acontecimiento de lo más frecuente y que en cualquier diálogo doméstico se solaza; dicho en sus palabras que parecen un axioma “apenas hay diálogo callejero que no lo logre”.

Un señor argentino con bastón y metáforas, que aunque fuera en la mítica noche bonaerense el que “contara las sílabas”, sumó tantos versos, como generaciones de lunas tributadas, mediante una alta “vigilia humana”, esa que nos ha preservado, como la especie de la memoria, al concebir desde el inicio de los tiempos, y de manera especular, la empresa desmesurada y no finita, de “cifrar el universo en un libro”; el inconmensurable Libro de Arena, el cual no me quiero figurar, espantando en el sótano de la calle México, -como otro nene fantasma-; sino en las manos del “imperfecto bibliotecario: el hombre”.

Porque el libro que cambió Borges, por “el monto de su jubilación y por una de sus Biblias, en letras góticas”, sabemos que fue, “el libro de libros”, “el catálogo de catálogos”, el mismo Libro de Arena , que otros llamaron universo, y otros más, Biblioteca; y en cuyas “ilimitadas” y tal vez “periódicas” galerías simétricas, el imperfecto Bibliotecario gravita, en una suerte aritmética, de Hexágono Natal , del que esencialmente nunca parte, al cuidado de alguna porción de anaqueles y libros en humana consignación. Y es desde allí, desde su “Hexágono Carmesí”, desde donde el “Hombre del Libro”, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, transcribe esa interminable conversación con sus mayores, y alcanza la transmutación de sus desdichas, las suyas y las del otro - las de los otros-, prescribiendo a través de sus ensayos y versos, la fecha de caducidad a la condena libresca, de la estirpe sudamericana en centenaria soledad.

Y reconfigurando a cambio, el mapa de la literatura en castellano, vuelto ahora cartografía y territorio de América; y haciéndonos entender que nuestros destinos por humildes que parezcan, entretejen “el preciso lugar en la trama del universo”, donde somos “figura y símbolo de un poema” como el destino del leopardo en el terceto de Dante, y Dante en la línea de Eliot oo de Kafka; y no menos prodigioso aún, nos convoca a un destino común, donde releer a partir de la circunstancia personal y hedónica, esas nuevas cronologías, asociaciones, correlaciones y analogías, que permiten, en la práctica, emparentar literaturas distantes en el tiempo, o recontextualizar cierta vertiente temática, y alguna vez, por ejemplo, visibilizar a Kafka como precursor de Zenón de Elea, Kierkegaard o Lord Dunsany.

Pues hasta eso nos ha dejado el Poeta, la gratuidad de celebrar justos anacronismos, como éste, de que cada escritor, en suma, cada lector [que para Borges era cada ser humano] “crea sus precursores”, y por extensión sus predecesoras escenas; equivale a decir:, que en el legítimo derecho de recrear la existencia, de indagar y tejer nuestra historiografía, zurcida con los fragmentos de una mitología personal, todos como imperfectos bibliotecarios, traducimos laboriosamente, reescribiendo el futuro presente, desde el populoso ángulo del Hexágono natal.


Ana María Rivera.

Buenos Aires, Agosto de 2013.

Este texto hace parte del libro en construcción

“Destino Borges”, libro de viaje, en busca del Poeta.

http://museodelaeterna7.blogspot.com/2013/08/al-hexagono-natal-de-borges-celebrando.html

Mi Entrañable Señor Borges

Mi Entrañable Señor Borges

Mi Entrañable Señor Borges

A la manera de Centón, o parafraseo de la obra del autor Argentino Jorge Luis Borges, y de su texto, “Otro Poema de los Dones”, he querido simular este escrito, ahora que el mismo Borges, vindica la condición del lector, y la elevaba a la condición del poeta, considerando la circunstancia del ser del poeta, como trivial y fortuita.

Así, a su memoria, a veintisiete años de su partida, el 14 de Junio de 1986 y; de estar más vivo que nunca.


Mi Entrañable Señor Borges

Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas que forman éste singular universo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, unánime jardín de senderos que se bifurcan:

Por su Libro que es de arena, y sigue siendo Zahir, como la moneda, el astrolabio, la brújula, la veta de mármol.

Por el asombro donde otros dicen sólo costumbre y el callejero no hacer nada.

Por el leopardo, la tortuga, Argos, el tigre, la sierva blanca.

Por el universo que ejecuta esa serie infinita de actos concretos, antes que suene el presuroso timbre.

Por configurar el paraíso en forma de una biblioteca, la de Babel.

Por el sueño de Cervantes; el de Las ruinas circulares; de Shakespeare; de Coleridge; de Pedro Henríquez Ureña.

Por correlacionar el oriente y el occidente, que son en un día germano, la tierra de la mañana y la tierra de la tarde.

Por las Francés Haslam que piden perdón a sus hijos por morir tan despacio.

Por Bioy, Xul y Macedonio; Por el influjo de Chesterton.

Por la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras. Buscar un alma que mereciera participar en el universo. La historia de unas cuantas metáforas es quizá la historia universal..

Por el Idioma de los Argentinos, en el que metaforizamos casi instintivamente, queriendo no ser menos que el mundo, queriendo ser tan desmesurados como él.

Por la valerosa ignorancia del leopardo que inspira al Poeta, versos que tienen su preciso lugar en la trama del universo.

Por el verbo sagrado de Ireneo Funes.

Por Julio Platero Haedo, David Jerusalem, Pierre Menard, Herbert Quain, Hladik, Mir Bahadur Alí, Runeberg y; los Carlos Argentino Daneri, a su pesar.

Por el Elogio de la sombra y el yo plural, del otro Borges, el mismo, Joyce, Groussac, Mármol, Miltón, Demócrito, y Homero.

Por los Yahoos, que no admiten una causa tan lejana y tan inverosímil.

Por los versos que son revelación en la hora en que el sueño pertinaz de la vida corre peligro de quebranto.

Por la empresa atroz de Ts'ui Pên.

Por los arquetipos y esplendores: su centro, su álgebra, su clave, su espejo.

Porque, no le prodigaron en vano el océano, ni el sol de Whitman y; porque no gastó en vano los años, ni lo gastaron y; porque como Whitman y Francisco de Asís, escribió el Poema.

Por haber sido en la vana noche el que cuenta las sílabas.

Por el Oxímoron: Distraídos en razonar la inmortalidad. Imperiosa agonía. Melancólica vanidad .Vago horror sagrado.

Por Las Seis y una noches o, Las Seis noches y una noche.

Por ser el “Hacedor Inmortal, Vindicador Fervoroso, Ficcionador, Discutidor, El otro, el mismo: Fundador mítico de Buenos Aires”

Por el incesante y vasto universo que se apartaba de Beatriz, en ese vacuo primer cambio de una serie infinita.

Por la voz de padre, que llueve desde el pasado.

Por contemplar esa condición fortuita del ser del lector que puede devenir en el ser del poeta.

Por la fresca ancianidad, el joven amor de madre, las compartidas claridades y sombras.

Por haber convertido el ultraje de los días en una música, un rumor y un símbolo.

Porque sin “ímpetu de alas”, se salvó el poema: no cayó como otros de su sangre, en la batalla.

Por la mudable Luna y el maleficio de cuantos ejercemos el oficio de cambiar en palabras nuestra vida.

[Por el favorable azar que me depara un porvenir en el que usted ha llegado, y al atravesar el jardín no me ha encontrado muerta]

Porque en la última fecha abstracta, buscó el lenguaje de la divinidad; y su enunciación y su entonación y su sintaxis tuvieron nombre castellano.

Por los que a la manera de Hermann Soergel y Daniel Thorpe, han recibido en su momento, y en voz alta, la Memoria de Borges.

Mi Entrañable Señor Borges:

¿Qué Dios, perdido en el incesante futuro, aún lo sueña, con integridad minuciosa y lo impone a la realidad?

Eso pienso mientras digo de memoria sus versos.

Ana María Rivera

http://museodelaeterna7.blogspot.com/2011/06/mi-entranable-senor-borges.html

"Hexágono Natal" Antología Poética

Prefacio a "Hexágono Natal" Antología Poética

“[…] Cuando la vida nos asombra con inmerecidas penas

o con inmerecidas venturas,

metaforizamos casi instintivamente

queremos no ser menos que el mundo

Queremos ser tan desmesurados como él”

Jorge Luis Borges

De su libro “El Idioma de los Argentinos”

Esa respuesta connatural de metaforización instintiva, de los seres humanos, frente a los sucesos que orbitan o desorbitan la vida doméstica, como exacerbados diálogos con los que el sujeto, se equipara con el universo, prorrumpiendo a través de temporales enunciaciones, el exceso de eso otro y de sí.

La hoy reconvenida metáfora, símbolo fundacional de la cultura, que ha fundamentado los registros, los inventarios, los listados, las enumeraciones, los catálogos, los provisionales ordenamientos; donde el pensamiento analógico, que deviene de la intuición, según el sistematizador griego, o de esa otra lógica capaz de correlacionar indefinida y progresivamente esa infinitud de “cosas disímiles”, que conforman el universo, o que ya son el universo.

Es el ser que acontece en los causes no liquidados del lenguaje, ese que reconfigura la temporalidad a través de lo que se le presenta como sucesivo, y le conmina a actualizar su consonancia, a deliberarse entre la aparatosa articulación de un enunciado, mediante el cual traducir el asombro; resignificar esa exacta conmoción que siempre estará cifrada, si lo sabremos ya, en esa humana forma de procesar contingencias, de urdir contrapesos a la realidad que subyuga , y seguir consecuentemente gravitando. Así la metáfora, el oxímoron y cuanta otra variedad de abstracciones y construcciones mentales, consolidan o compensan los universos, mediante la unión, la extrapolación, o la compresencia de los contrarios; sustratos estos, con los que intenta asir, interpretar y desmesurar eso otro, que es de suyo intolerable, distando siempre de lo que fragmenta, de lo que quiere nominar a través de consabidas obstrucciones, inflexiones y no renuentes sonidos.

Aquellas impresiones que le han sido dadas vislumbrar y traducir desde su observatorio, visionario panóptico; numeroso lugar del Hexágono Natal; ese que circunscribe y alínea el número de silla y la letra de fila convenida, como palcos o plateas desde donde ver y hacer la representación, instados todos a transcribir lo que solo veremos comedidamente detrás de los ojos, en procura de reconfigurar las porciones aisladas del “ilimitado y periódico” universo, que confluye no sin misterio en esas, nuestras retinas tan fatigadas; "millones de actos deleitables y atroces", advertidos detrás de la "esfera tornasolada", la de "casi intolerable fulgor”,“ microcosmo de alquimistas y cabalistas”, desde donde el Poeta, "el bibliotecario imperfecto, el hombre", tras una visión simultánea, deviene en sucesivo traductor, en amanuense.

Por eso la condición del Poeta, es la condición de todos, seres que habiendo recibido en consignación algunos libros, no declinan sus días, ensayando alguna buena glosa que relea y reescriba -aunque avasallada por los provisionales esquemas- nuevas y estremecedoras postulaciones de la realidad; ediciones y reediciones a las cuales desea aplicarse, en el ensueño de una indagación más ecuánime, sopesando como en el verso de Hölderlin, "ese número cerrado, santo que salga puro de nuestra boca", en la menos cómoda de las formas: la primera persona, esa voz genuina que quiere y sabe decir algo fundacional, revelador o apacible, que colme esta acrecentada incertidumbre.

El Taller de Escritura Poética con Énfasis en Borges, instala hoy estas páginas que como los fragmentos que Shelley supo ver como fragmentos de "un solo poema infinito erigido por todos los poetas del orbe", cuya unidad a través de tantos disimiles libros, bien podría ser obra de "un solo caballero omnisciente", según Emerson y Valery y Borges, quienes entendieron que "la historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la historia del Espíritu como productor y consumidor de literatura”.

Así, cada vez que el Espíritu habla a través de nuevos amanuenses, la "realidad de manera inconcebible copia a la literatura", y a renglón seguido un primer lector otorga a un segundo lector , la Memoria de Shakespeare, de Netzahualcóyotl, Huidobro, Vallejo; la atesorada memoria nuestra, la de Romero, Arciniegas, Gutiérrez; o la Memoria que recién acontece, la de este día: la de Sierra, Gómez, Abello ,Vanegas o Tovar.

La misma memoria de Jorge Luis Borges, "quien sabiendo decir asombro, donde otros decían solamente costumbre", sigue irrumpiendo en voz alta, a través de su libro siempre abierto:

“La memoria ya ha entrado en su conciencia, pero hay que descubrirla. Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos. El azar puede favorecerlo o demorarlo, según su misterioso modo. A medida que yo vaya olvidando, usted recordará. No le prometo un plazo”.



Ana María Rivera Salazar

Directora

Taller de Escritura Poética con Énfasis en Jorge Luis Borges.

Premio Estímulos 2013 a Nuevos Formadores de Escritores Ibaguereños.
Secretaría de Cultura, Comercio y Turismo.

Para leer páginas interiores:

http://museodelaeterna7.blogspot.com/2014/10/prefacio-de-hexagono-natal-por-ana.html

Macedonio Fernández

Macedonio Fernández
"Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura..." J. L. Borges

"Museo de la Novela de la Eterna"


"[...]Novela cuyas incoherencias del relato están zurcidas con cortes transversales que muestran lo que a cada instante hacen todos los personajes [...]"

"[...]Novela en que todo se sabe o al menos se ha averiguado mucho, para que ningún personaje tenga que mostrar a la vista del público que no sabe lo que le sucede o lo mantiene a aquel en la ignorancia por falta de confianza[...]"


AL LECTOR SALTEADO


"Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un lucimiento que no sienta a la edad.

Al lector salteado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido.

Quise distraerte no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas el entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, habilmente truncos son los que más quedan en la memoria.

Te dedico mi novela, Lector Salteado, me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario el lector seguido tendrá la sensación, de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta".

Macedonio Fernández

"Tantalia el mundo es de inspiración Tantálica"


Primer momento: El cuidador de una plantita.

Él acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene desde tiempo luchando por recuperar, está agotada, y en los sufrimientos de este descubrimiento cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.

Ocurre que pocos días después de esta meditación y proyectos en suspenso, Ella, sin sospechar tales cavilaciones pero movida por una aprensión vaga del empobrecimiento afectivo en él, le envía por regalo una plantita de trébol.

Él resuelve adoptarla para iniciar el procedimiento entrevisto. La cuida con entusiasmo durante un tiempo y cada vez más se percata de la infinidad de atenciones y protecciones, expuestas a un descuido fatal, exigidas para la seguridad de la vida por un ser tan débil, al que un gato, una helada, un golpe, sed, calor, viento, amenazan. Se siente intimidado por la posibilidad de verla morirse un día por mínimo descuido; pero no es sólo el temor de perderla para su cariño, sino que conversando con Ella, cavilosos como todos los que están en la pasión, y más cuando en esa pasión uno decae, llegan a la obsesión de que exista algún nexo de destinos entre el vivir de la plantita y su vivir o el de su amor. Fue Ella la que un día vino a decirle que ese trébol fuera el símbolo del vivir del amor.

Empiezan a temer que la plantita muera y muera así, uno u otro, y lo que es más: el amor, única muerte que hay. Se ven sucesivamente, meditando en coloquios, creciendo el pavor a que se ven sujetos. Deciden entonces anular la identidad reconocible de esta plantita para que, eludiendo el mal presagio de matarla, nada haya identificable en el mundo a cuyo existir esté supeditada la vida y amor de ellos; y al par así, sitúanse en la asegurada ignorancia de no saber nunca si aquel existir vegetal que tan singularmente se había hecho parte en las vicisitudes de una pasión humana, se muere o vive. Resuelven, entonces, de noche, en un paraje no reconocible para ellos, perderla en un vasto trebolar.


Segundo momento: Identidad de una mata de trébol.


Pero la excitación que iba creciendo desde algún tiempo en Él, y el desencanto de ambos por haber tenido que renunciar a la comenzada tentativa de reeducación de su sensibilidad y al hábito y cariño de cuidar a la plantita que alboreaba en Él, se traduce en un acto oculto que realiza al retorno de esa labor de olvidación en las sombras. En el trayecto, sin que lo advirtiera de fijo pero con algún pulso de zozobra en Ella, sin embargo, Él se inclinó y cogió otra mata de trébol.

—¿Qué hacés?

—Nada.

Ambos se separaron al amanecer, quedando en Ella algo de sobresalto, en ambos el alivio de no reconocerse ya dependientes del vivir simbólico de esa plantita, y en ambos también la pavura que nos viene de todas las situaciones de lo irreparable, cuando acabamos de crear un imposible cualquiera, como en este caso el imposible de saber jamás si vivía y cuál era la plantita que fuera al principio obsequio de amor.


Tercer momento: El torturador de un trébol.


“Por múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas…

“Esta plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas; ¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Si su Inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible es la del Todo; la particular de que el que ha sentido una vez cese de sentir, quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción verbal, una concepción imposible.

“Elegida entre millares, te tocó a ti serlo, serlo para el Dolor. Aún no; ¡desde mañana seré contigo un artista en Dolor!

“Durante tres días, sesenta, setenta horas el viento del verano estuvo constante oscilando dentro de un corto ángulo, fue y volvió de un acento y de una dirección a una pequeña variante de acento y dirección; y la puerta de mi habitación retenida en su batir entre el quicio y una silla que puse para acortar su oscilar, batía sin cesar, y el postigo de mi ventana golpeaba también sin cesar sometido al viento. Sesenta, setenta horas la hoja de la puerta y el postigo cediendo minuto a minuto a su distinta presión, y yo al par, sentado o columpiándome en la silla de hamaca.

“Parece entonces que yo me dije: esto es la Eternidad. Parece que fue por esto que veía yo, por esa formulación de hastío, de no sentido de las cosas, de no finalidad, de todo es lo mismo, dolor, placer, crueldad, bondad, que hubo nacido el pensamiento de hacerme el torturador de una plantita.

“Ensayaré —me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta plantita. Esta es la pobrecita elegida entre miles para soportar mi ingenio y empeño torturador. Ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol tuve que renunciar al intento y desterrarlo de mí bajo sentencia de irreconocibilidad, el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad transporté al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en el malquerer, y alumbró prestamente la idea de martirizar la inocencia y orfandad a fin de obtener el suicidio del Cosmos por vergüenza de que en su seno prosperara una escena tan repulsiva y cobarde. ¡Al fin y al cabo, el Cosmos también me ha creado a mí!

“Yo niego la Muerte, no hay la Muerte aún como ocultación de un ser para otro, cuando para ellos hubo el todo amor; y no la niego solamente como muerte para sí mismo. Si no hay la muerte de quien sintió una vez, ¿por qué no ha de haber el dejar de ser total, aniquilamiento del Todo? Tú sí eres posible, Cesación eterna. En ti nos guareceríamos todos los que no creemos en la muerte y no estamos tampoco conformes con el ser, con la vida. Y creo que el Deseo puede llegar a obrar directamente, sin mediación de nuestro cuerpo, sobre el Cosmos, que la Fe puede mover montañas; creo yo aunque nadie otro creyera.

“No puedo reavivar el lacerante recuerdo de la vida de dolor que sistematicé, ingeniándome cada día en nuevos modos crueles para hacerla padecer sin matarla.

“Como por sobre ascuas tendrá que decir que la colocaba todos los días próxima e intocada de los rayos del sol y tenía la prolijidad de crueldad de alejarla con el avanzar de la mancha del sol. Apenas la regaba para que no muriera y en cambio la rodeaba de recipientes de agua y había inventado fieles rumores de lluvia y lloviznas vecinas que no llegaban a refrescarla. Tentar y no dar… El mundo es una mesa tendida de la Tentación con infinitos embarazos interpuestos y no menor variedad de estorbos que de cosas brindadas. El mundo es de inspiración tantálica: despliegue de un inmenso hacerse desear que se llama Cosmos, o mejor: la Tentación. Todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre le es brindado y negado. Yo también pensé: tienta y niega. Mi consigna interior, mi tantalismo, era buscar las exquisitas condiciones máximas de sufrimiento sin tocar a la vida, procurando al contrario la vida más plena, la sensibilidad más viva y excitada para el padecer. Y logré que en esto el dolor de privación tantálica la estremeciera. Mas no podía mirarla ni tocarla; me vencía de repulsión mi propia obra; (cuando la arranqué, en aquella noche tan negra a mi espíritu, no miré hacia donde estaba y su contacto me fue por demás odioso). El rumor de lluvia sin alcanzarle su húmedo frescor hacíala retorcerse. ¡Vergüenza!

“¡Elegida entre millones para un destino de martirio! ¡Elegida! ¡Pobrecita! ¡Oh!, tu Dolor ha de saltar el mundo. Cuando te arranqué ya estabas elegida por mi ansia de atormentar.”


Cuarto momento: El amigo.


Vemos a su amigo Luis entrar a su habitación; y en el centro de ésta detenerse, pálido y hurgando todo en torno con la mirada, agitado.

—Venía a sacarte de aquí para distracción. Pero me he sentido aquí amenazado con un sufrir súbito. ¿Es que aumenta tu malestar?

Él, sentado como pasaba las horas espiando a la plantita reseca y helada entre él y la ventana, separada de la lluvia y del rayo de sol que unos días u otros podían regarla o calentarla, contestó:

—Como siempre.

Agitándose, Luis gritó:

—¿Pero quién sufre aquí? ¡Qué destrozarse, qué agonizar! Me voy a respirar.

Él, avergonzado, rojo de rubor, quedó retorciéndose. Exclamaba, mirando por donde partía Luis: Feliz de él, feliz, feliz.


Quinto momento: Nuevo sonreír.


La fórmula radical, íntima, de lo que él estaba haciendo miserablemente, era la ambición y ansiedad de lograr el reemplazo por la Nada de la Totalidad, de todo lo que hay, lo que hubo, lo que es, de toda la Realidad material y espiritual. Creía que el Cosmos, lo Real, no podría soportar mucho tiempo, avergonzándose de albergar en su ámbito una escena tal de tortura ejercida sobre un primer eslabón de lo viviente más frágil, por el mayor poder y dotación de lo viviente. ¡El hombre tiranizando un trébol! ¡Era para eso que había advenido el Hombre!

La irritación de lo rehusado después de ofrecido enloquece de perversidad a un hombre de máximo pensamiento. De ahí el martirio cobarde, el repugnante complacimiento del mayor poder en una alevosía a un mínimo existir.

Su pensamiento sabía la igual posibilidad de la Nada y el Ser, y creía inteligible y posible una sustitución del Todo-Ser por la Todo-Nada. Él, como el máximo de la Conciencia de Vida, como hombre y hombre excepcional en dotes, era quien podría en un refinamiento último de pensamiento haber hallado el resorte, el talismán que podría determinar la opción del Ser por la Nada; opción o reemplazo o “empujamiento afuera” del Ser por la Nada. Porque verdaderamente, dígaseme si no es así, si no es cierto que no hay elemento alguno mental que pueda decidir que la Nada o el Ser difieran en su posibilidad de darse en grado alguno; si no es totalmente posible que se diera la Nada en lugar del Ser. Esto es cierto, evidente, porque el mundo es o no es, pero si es, es causalístico, y así su cesación, su no ser es causable, aunque el resorte buscado no determinara la cesación del Ser, quizá otro la determinaría… Si el darse el Mundo o la Nada son de absoluta igual posibilidad, en este equilibrio o balanza de Ser y Nada, una brizna, una gota de rocío, un suspiro, un deseo, una idea, pueden tener eficacia para precipitar la alternativa de un Mundo de Ser a un Mundo de No-Ser.

Vendría un día el Salvador-de-Ser…

(Yo lo digo comentando, teorizando lo que él hizo, pero no soy Él)

Pero Ella vino un día:

—Dime, ¿qué hiciste aquella noche, porque yo sentí el opaco rumor de un desenraizar de matita, el sonido de la tierra que apaga el arrancar de una tierna raíz ¿Eso es lo que yo oí?

¡Y entonces: Él se sintió de nuevo en su natural después de una larga peregrinación tras de respuesta, y se echó a llorar en brazos de Ella y la amó de nuevo, inmensamente, como antes! Era un llanto que hacía diez o doce años no lograba derramarse, que hinchaba su corazón, que había querido hacer estallar el mundo, y al serle recordado el gritito, el murmullo abismante del dolorcillo vegetal, de pequeña raíz arrancada, ¡fue eso! lo que necesitó su naturaleza para que el llanto, desbordándose, lavara su ser todo y lo volviera a los días de su plenitud de amor… Un gritito sofocado de raíz doliente entre la tierra, así como pudo decidir hacia el No-Ser toda la Realidad, pudo entonces cambiar toda la vida de Él.

Yo lo creo. Y lo que cree todo el mundo es mucho más de lo que nuestro creer en esto —¿quién se mide en el creer?—; no me digáis, pues, absurdo temerario en el creer. Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender del marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida ponerlo en agua en el vaso que ella le regaló otrora. Toda madre cree que el hijo que parte con su “bendición” ya protegido de males. Toda mujer cree que lo que reza con fervor puede sobre los destinos. Todo-es-posible es mi creencia. Así, pues.

Yo lo creo.

No me engaña el verbiario hinchado del plácido ideario de muchos metafísicos, con sus juicios fundados en juicios. Un Hecho, un hecho que enloquezca de humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre, por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación, meramente concebido por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia el No-Ser todo lo que es.

Concebido está; luego la Cesación está potencialmente causada; podemos esperarla. Pero la milagrosa re-creación de amor concebida al par por el autor, batallará quizá con aquélla o triunfará más tarde después de realizado el No-Ser. En verdad el continuo psicológico conciencial es una serie de cesaciones y re-creaciones más que un continuo.

Los he visto amarse otra vez; pero no puedo mirarlo a él o escucharlo sin súbito horror. Ojalá nunca me hubiera hecho su terrible confesión.

Macedonio Fernández.

Video Poema "El Sueño de Pedro Henríquez Ureña"

Video Poema  "El Sueño de Pedro Henríquez  Ureña"
(Haz Click Aquí) "El Sueño de Pedro Henríquez Ureña" de Jorge Luis Borges, del libro “El Hacedor”. En la memoria y la voz colombiana de Ana María Rivera, y la música para clarinete, piano, y pantágora, de Alejandro Díaz-Lamprea. Video que conforma el Recital Poético “El Aleph” en gira internacional. Cámara y Edición de Audio: Alejandro Díaz-Lamprea. Edición y Dirección :Ana María Rivera

"El oro de los Tigres"

"El oro de los Tigres"
Dibujo de Georgie [Así le decían al niño Borges en casa]

Hasta la hora del ocaso amarillo

cuántas veces habré mirado

al poderoso tigre de Bengala

ir y venir por el predestinado camino

detrás de los barrotes de hierro,

sin sospechar que eran su cárcel.

Después vendrían otros tigres,

el tigre de fuego de Blake;

después vendrían otros oros,

el metal amoroso que era Zeus,

el anillo que cada nueve noches

engendra nueve anillos y éstos, nueve,

y no hay un fin.

Con los años fueron dejándome

los otros hermosos colores

y ahora sólo me quedan

la vaga luz, la inextricable sombra

y el oro del principio.

Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores

del mito y de la épica,

oh un oro más precioso, tu cabello

que ansían estas manos.

Jorge Luis Borges. De su libro homónimo.

Video Poema "Delia Elena San Marco"

Video Poema "Delia Elena San Marco"
En la memoria y la voz colombiana de Ana María Rivera, y la música para clarinete, piano, y pantágora, de Alejandro Díaz-Lamprea. "Delia Elena San Marco" del libro "El Hacedor" de Jorge Luis Borges, video que conforma el Recital Poético “El Aleph” en gira internacional. Cámara y Edición de Audio: Alejandro Díaz-Lamprea. Edición y Dirección :Ana María Rivera

"El Oro de Los Tigres"

"El Oro de Los Tigres"
Programa del Recital "El Oro de los Tigres" 2008

Recital "Luna de Enfrente"

1.La Luna (De “La Moneda de Hierro”,1976) 2. Tú (De “El Oro de los Tigres”, 1972) 3. Fragmento de Las Ruinas Circulares (De “Ficciones”, 1944) 4. Al Hijo (De “El Otro El Mismo”, 1964) 5. Everything and Nothing (De “El Hacedor”, 1960) 6. Miguel de Cervantes (De “El Oro de los Tigres”, 1972) 8. Casi Juicio Final (Luna de Enfrente”,1925) 9. El Amenazado (De “El Oro de los Tigres”, 1972) 10. Fragmento de “El Inmortal”(De “El Aleph”. 1949) 11. Diálogo Sobre un Diálogo (De “El Hacedor”, 1960) 12. Delia Elena San Marco (De “El Hacedor”, 1960) 13. La Trama (De “El Hacedor”, 1960) 14. Ragnarök (De “El Hacedor”, 1960) 15. Fragmento de El Informe de Brodie (De “El Informe de Brodie”, 1970) 16. La Luna (De “El Hacedor”,1960) 17. Borges y yo (De “El Hacedor”,1960) 18.Una Oración (De “Elogio de la Sombra”,1969)

María Kodama por Alejandra Crespyn A.

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Entrevista a Ana María Rivera y Alejandro Díaz-Lamprea

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"Letras de Cambio" de Ana María Rivera

"Letras de Cambio" de Ana María Rivera
Clickea foto para leer Poemas de "Letras de Cambio": http://museodelaeterna7.blogspot.com/2014/03/poemas-de-letras-de-cambio.html

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz  (1829-1874)
“[…] Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por fin escuchó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre.[…] J. L. Borges de "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)" [Obra pictórica Jamie Baldridge]

De "Utopia de un hombre que está cansado"

De "Utopia de un hombre que está cansado"
"[...] -Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios[...]"

De "Papeles de Recien Venido"

De "Papeles de Recien Venido"
"[...] Lo que es difícil de retener es al lector: ¿por dónde andará ahora?. Uno al menos y sin pretensión necesito .Al principio lo había conseguido y no he sabido cuidarlo. Es inmodesto, y quizá le incomodará, haber topado con el único libro en que solamente el autor habla.[...]" . Macedonio Fernández

De "La Muerte y la Brújula"

De "La Muerte y la Brújula"
[...] Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.[...] J. L. Borges.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges
Jorge Luis Borges. Foto Intervención A. M. R.

De "Literaturas Germánicas Medievales"

De "Literaturas Germánicas Medievales"
"Maldon (...) guarda la memoria de una derrota. Se trata de un fragmento; los invasores daneses piden tributo a los sajones, estos responden que lo pagarán con sus viejas espadas. El combate se entabla; los ´lobos de la matanza´, los vikings, apremian a los sajones; el capitán sajón, herido de muerte, agradece a Dios con su último aliento todas las dichas que ha tenido en el mundo. Lo matan y uno de sus hombres, que es un anciano, dice: cuanto menor sea nuestra fuerza, mas animoso debe ser nuestro corazón. Aquí yace nuestro señor, hecho pedazos, el que mas valía, en el polvo. Quien quiera retirarse de este juego, se lamentará para siempre. Mis años ya son muchos, y me quedaré a descansar, junto a mi señor, a quien quiero tanto". Jorge Luis Borges de "Antiguas Literaturas Germánicas".

La Memoria de Shakespeare (Fragmentos)

[...]

Le ofrezco la memoria de Shakespeare desde los días más pueriles y antiguos hasta los del principio de abril de 1616.

[...]

No acerté a pronunciar una palabra. Fue como si me ofrecieran el mar.

[...]

Me quedé pensando. ¿No había consagrado yo mi vida, no menos incolora que extraña, a la busca de Shakespeare? ¿No era justo que al fin de la jornada diera con él?

[...]

-Acepto la memoria de Shakespeare.

Algo, sin duda, aconteció, pero no lo sentí.

Apenas un principio de fatiga, acaso imaginaria.

Recuerdo claramente que Thorpe me dijo:

-La memoria ya ha entrado en su conciencia, pero hay que descubrirla. Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos. El azar puede favorecerlo o demorarlo, según su misterioso modo. A medida que yo vaya olvidando, usted recordará. No le prometo un plazo.

[...]

Shakespeare sería mío, como nadie lo fue de nadie, ni en el amor, ni en la amistad, ni siquiera en el odio. De algún modo yo sería Shakespeare. No escribiría las tragedias ni los intrincados sonetos, pero recordaría el instante en que me fueron reveladas las brujas, que también son las parcas, y aquel otro en que me fueron dadas las vastas líneas:

And shake the yoke of inauspicious starsFrom this worldweary flesh.

Recordaría a Anne Hathaway como recuerdo a aquella mujer, ya madura, que me enseñó el amor en un departamento de Lübeck, hace ya tantos años.

[...]

Jorge Luis Borges.

(Ver texto completo en Páginas interiores)

Entradas populares

Sobre Borges Recitales

Taller de Escritura Poética con énfasis en Borges

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En la Biblioteca Darío Echandía del Banco de la República

Elevo Editores

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Click en la foto para Elevar tus letras.

Concierto Centenario Borges 1999

Concierto Centenario Borges 1999
Inolvidable Concierto para Coro , Orquesta, Solistas y Narradora.Compuesto y Dirigido por el Maestro Cesar Augusto Zambrano R. Narración : Ana María Rivera.Obra Pictórica: Maestro Carlos Ennio Naranjo .Realizado en el Teatro Tolima,en el centenario del poeta.

Borges en Boca de Rivera

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Artículo de prensa escrito por el periodista Ricardo Torres para el semanario "Tolima 7 Días", con motivo de las primeras presentaciones de nuestros Recitales en tributo a J. L. Borges, por Buenos Aires.

Recital "El Oro de los Tigres"

1. A Leonor Acevedo de Borges. (Dedicatoria) 2. A Quien leyere. (Dedicatoria de "Fervor de Buenos Aires". 1923) 3. Inferno I, 32. (De "El Hacedor" 1960) 4. La cierva blanca. (De "La Rosa Profunda"1975) 5. Amorosa Anticipación. (De "Luna de Enfrente". 1925) 6. La Lluvia. (De "El Hacedor". 1960) 7. Mateo XXV, 30. (De "El Otro el Mismo". 1964) 8. Arte Poética. (De "El Hacedor", 1960 ) 9. Otro Poema de los Dones. (De "El otro el mismo", 1964) 10. Poema de los Dones. (De "El Hacedor", 1960) 11. Cuarteta. (De "Museo") 12. La Noche Cíclica. (De "El otro, el mismo", 1964) 13. El Golem. (De "El otro, el mismo". 1964) 14. Fragmento de "El Aleph". (De "El Aleph". 1949) 15. El Sueño de Pedro Henríquez Ureña. (De "El oro de los tigres" 1972). 16. A mi Padre. (De "La moneda de hierro" 1976) 17. La Espera. (De "La historia de la noche" 1977) 18. Límites. (De "El otro, el mismo" 1964) 19. Elogio de la sombra. (De "Elogio de la sombra". 1969 )

Video Poemas Borges Recitales [En la Voz Colombiana de Ana María Rivera Salazar]

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En "Oye Borges". El Blog

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Video Poemas Borges de Memoria, promocionan el Recital Poético "El Aleph", en Gira Internacional 2012

"Letras de Cambio"

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Libro de poesía de Ana María Rivera

"Luna de Enfrente", El Recital,

“Luna de Enfrente”, es un Recital en tributo al escritor argentino Jorge Luis Borges , donde once de sus libros transcurren representados en dieciocho textos de su literatura, en prosa y en verso; los cuales durante 75 minutos de la escena fluyen en la voz colombiana de Ana María Rivera, y en la música de clarinete, piano y pantágora, compuesta e interpretada por Alejandro Díaz-Lamprea. El Recital quiere ser una invitación a la lectura y relectura de la obra del escritor, tanto como una exaltación de la simbología borgeana, de el sueño y el acto creador; la otredad: el otro, el mismo y su condición de nadie; el hacedor: el inmortal; la muerte y la memoria; todas estas metáforas bajo esa “mudable vida”, la de la luna,que de manera serena nos aguarda en el verso borgeano; así, esta antologación obedece a una devota lectora, que como decía Borges de Macedonio Fernández, “no ha leído mucho, pero lo poco que ha leído, lo ha leído mucho”, y dice con Borges desde su Luna de Enfrente :“Quién se atreverá a condenarme si esta gran luna de mi soledad me perdona”

Destino Borges

Destino Borges
Clickea y tu Destino será Borges."Destino Borges", blog de fragmentos amados y releídos en virtud de la imagen nueva. [Por el favorable azar que me depara un porvenir en el que usted ha llegado, y al atravesar el jardín no me ha encontrado muerta]

En Facetas: Relectura hecha Borges

En la Casa de Poesía Silva

En la Casa de Poesía Silva
El Recital "El Oro de los Tigres" , en 2008, en la Casa de Poesía Silva, en Bogotá.

Macedonio Fernández y Borges

"Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura..."

J. L. Borges

Xul Solar y Borges

Xul Solar y Borges
"Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías y astrólogo, perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época". Así se refiere Jorge Luis Borges, a su amigo Xul Solar. El genio de Xul no sólo se expresó mediante la pintura. Liberó también su pulsión inventiva a través de un panajedrez; una panlengua; una recreación del español, el neocriollismo; un tipo de teatro de títeres para adultos. El panajedrez, panjuego, o ajedrez criollo, se diferencia del ajedrez convencional por su cantidad de casillas. Posee 13 en lugar de las ochos habituales. La cantidad de piezas son 60, en lugar de 32, con 30 correspondientes a cada jugador. Las casillas se correlacionan con el tiempo...y las constelaciones y signos zodiacales. La partida se comenzaba fuera del tablero. La anotación de las jugadas puede generar palabras, motivos musicales y pictóricos. El juego así no sólo admite las combinaciones de movimientos sin fin. También permite estimular la creación musical y pictórica. Xul solar convirtió su existencia en irradiación creadora.

Taller de Escritura Poética con Enfasis en Borges

Taller de Escritura Poética con Enfasis en Borges
En el MAT, Museo de Arte del Tolima.

El Aleph (Fragmentos)

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible.

[…]

Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.

[…]

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema.

[…]

Este se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941, ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa
Sepan. A manderecha del poste rutinario
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta –¿Color? Blanquiceleste–

Que da al corral de ovejas catadura de osario.
Que da al corral de ovejas catadura de osario.

[…]

….iban a demoler su casa.

–¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! –repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz.

[…]

Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

[…]

–¿El Aleph? –repetí.
–Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema!

[…]

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña, de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

[…]

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

[…]

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

[…]

Fragmentos del cuento de Jorge Luis Borgs "El Aleph", de su libro homónimo.

(Leer texto completo en páginas interiores


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